Una feliz mutación maternal

Una feliz mutación maternal

  1. Ser madre me vuelve altamente vulnerable. Una noche mi hija me preguntó si recordaba cuándo había sentido más miedo. Le relaté ese momento. “Te escuché gritar desde la calle, un grito con llanto. Sentí tanto miedo. Miedo a que entraras por esa puerta lastimada. Cerré mis ojos, entraste y me dije: ¡Dios mío no quiero ver! Y te pregunté, aún con los ojos cubiertos con mis manos: ¿qué te pasó? Detrás de vos venía tu segunda mamá, tu nana. Fue ella quien respondió. Me dijo: se peleó con (el nombre de una amiguita tuya). ¡Dios mío, sentí que volvía a vivir”! Ese episodio emocionalmente traumático para mí, me hizo reconocer lo vulnerable que soy al sufrimiento y que esa vulnerabilidad me trasciende, así como me trasciende este amor.
  2. El miedo al fracaso. No importa cuántos diplomas de reconocimiento, créditos académicos, ascensos, llegue a alcanzar, ya no se trata de mí. Me acompaña ese sentir que me recuerda que lo realmente importante es que no fracase como madre. Y aunque pueda racionalizar, que ya en la vida adulta, cada quien es responsable de su propio destino, lo cierto es que nosotras, las mamás, por los condicionamientos de género y la construcción social alrededor de ser madre, nos sentimos responsables de los fracasos de nuestros/as hijos e hijas, aunque somos menos generosas con nosotras mismas al atribuirnos sus logros.
  3. El deber cumplido. Recuerdo haber dicho alguna vez, antes de convertirme en madre, que yo podía morir tranquila, que no temía a la muerte, porque mi ausencia no lastimaría a nadie. Y realmente esa sensación me daba paz, ya que consideraba que no había personas en mi vida que dependieran emocionalmente de mí, menos financieramente (con costo podía mantenerme yo misma). Sin embargo, ahora le pido a Dios me dé vida para ver a mi hija independiente, profesional, libre, realizada, feliz. Y cuando ese momento de mi vida llegue, podré recuperar esa sensación de poder irme en paz.
  4. Todo cambia. Todo. Recuerdo haber estado frente al espejo, desnuda y con miedo tratando de ver la herida por la cesárea. Levanté mi mirada, vi mi cuerpo aun adolorido y pensé: ¿quién es esta mujer? Y recordé lo que dije en la sala de recuperación del hospital habiendo pasado por 13 horas de contracciones, cuando vi al padre de mi hija y le dije que nunca más quería volver a pasar por eso y solidario asintió. Todo cambia, todo, el cuerpo indudablemente, pero también los deseos del corazón.
  5. El amor que me trasciende. No, no puedo amarla más. La amo como nunca imaginé ser capaz de amar, este amor que me trasciende, que me hace altamente vulnerable, que cambió mi cuerpo, que transformó profundamente mi alma, me hizo conocer un tipo de amor libre de egoísmos, un amor que se realiza en la medida que la veo feliz, disfrutando su vida, esa vida, ese mundo que he tratado de construir para ella, que seguramente no es perfecto, pero ha sido construido con una firme convicción: en la medida de mis posibilidades voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para que tenga una vida mejor que la que tuve yo. Ese amor que me trasciende me ha enseñado que las madres somos altamente vulnerables, vulnerables a equivocarnos, y que esos errores en el ejercicio de ser mamás, nos hacen o nos deberían hacer más empáticas con nuestras propias madres, con otras mujeres, con nosotras mismas, al final, compartimos un tipo de amor que nos trasciende.

Gretchen Robleto Lupiac
La autora es mamá y comunicadora social